La inversión epistemológica de la partición celeste: los siete absurdos astronómicos necesarios para defender dos o más sistemas de domificación

Cuando nuestro trabajo sobre la partición celeste es comparado con leer a IMMANUEL KANT, lo recibimos con gran halago porque exige resolver una serie de disonancias cognitivas para permitir que la realidad se nos presente como es, despojándola de la conveniencia de lo que desearíamos que fuera. Sin embargo, la defensa contemporánea de la relatividad de los sistemas de domificación elude sistemáticamente los axiomas fundamentales de la geometría, embarcándose en la disputa de una conclusión cuya premisa la disciplina misma ya ha aceptado.

Las cúspides de la primera y la décima casas, el Ascendente y el Medio Cielo, respectivamente, constituyen realidades físicas astronómicas que no precisan de estudios sociológicos ni validaciones estadísticas para atestiguar su existencia en el espacio y en el tiempo. En cualquier rama rigurosa del conocimiento, la medición precede a la interpretación. Aceptar la realidad geométrica de la primera cúspide y, no obstante, exigir pruebas estadísticas para validar una cúspide subsiguiente, no solo resulta matemáticamente incoherente, sino que configura un absoluto absurdo epistémico. Semejante exigencia implica postular, contra la razón, que las casas undécima o duodécima son engendradas por un motor físico enteramente distinto a aquel que rige la intersección de una coordenada de nuestra eclíptica (v. gr., 25° de Géminis) con el horizonte local (0° de altitud); intersecciones topocéntricas que la tradición ha bautizado, con justa razón, como ángulos (v. gr. el Ascendente).

Si el movimiento diurno engendra la primera cúspide, engendra, por inherencia física y continuidad ininterrumpida, las cúspides subsiguientes. Defender la intercambiabilidad de los sistemas de casas exige, entonces, operar bajo un marco epistemológico invertido, es decir, bajo la aceptación deliberada de las siguientes siete imposibilidades espaciotemporales y epistemológicas:

1. Una falacia inerte de dos dimensiones

Esta descansa en la convicción de que el Ascendente (v. gr., 20° de Sagitario) y el Medio Cielo (v. gr., 05° de Libra) constituyen demarcaciones espaciales, i.e., figuras análogas a los linderos de un edificio asentado sobre una cuadrícula plana, en lugar de hitos espaciotemporales. Estos marcadores no aguardan de forma pasiva en el firmamento, pues representan distintos instantes del movimiento diurno de una coordenada vacía de la Eclíptica de la Fecha (el Zodíaco Tropical) al atravesar un horizonte local específico (v. gr., Nueva York). En estricto rigor cinemático, esto significa que todo Medio Cielo representa la consumación exacta de la mitad del arco diurno de dicha coordenada, alcanzando la proporción temporal de tres sextas partes (3/6); y que todo Ascendente dictamina la compleción absoluta de su arco nocturno, clausurando esa trayectoria al alcanzar inexorablemente las seis sextas partes (6/6).

2. El delirio espaciotemporal: homogeneidad y un Sol bilocal

Defender la validez simultánea de dos o más sistemas de partición, cuando uno de ellos sea el método de Alcabicio, Campano de Novara, Regiomontano o Koch, exige profesar, a modo de dogma, al menos dos imposibilidades espaciotemporales:

  • El delirio de la homogeneidad: Radica en la presunción, geográficamente absurda, según la cual la totalidad de las coordenadas zodiacales tropicales (es decir, los 360 grados de la Eclíptica de la Fecha) recorren exactamente las mismas coordenadas topocéntricas, atravesando altitudes y acimuts idénticos todos los días del año, y permaneciendo por encima y por debajo del horizonte durante lapsos de tiempo indistinguibles. Semejante postulado resulta matemáticamente equivalente a afirmar que el Sol, al igual que las coordenadas de la eclíptica que transita a lo largo del año (v. gr., 15° de Tauro o 25° de Géminis), no exhibe variación estacional alguna; lo que supondría dictaminar, contra toda evidencia física, que todos los arcos diurnos y nocturnos gozan de una misma y perenne longitud temporal.

Nota clínica: Es imperativo recordar que cada grado de la eclíptica constituye, en el sentido más literal del término, una huella solar. El comportamiento de todas y cada una de las coordenadas refleja con exactitud milimétrica la cinemática del Sol cuando este ocupó dicha posición, reteniendo esa propiedad espaciotemporal de manera indefinida. La mera existencia de los tiempos ascensionales de los signos emana directamente de esta realidad; de tal suerte que, aceptar la variación de los tiempos ascensionales y, al mismo tiempo, negar la variación ineludible de sus trayectorias físicas, demuestra que el practicante o profesional desconoce por completo la naturaleza fundamental de lo que intenta medir (i.e., qué es una cúspide).

  • El delirio de la bilocación: Nace de la aserción falaz de que dos o más métodos de cálculo cuspal pueden ostentar validez simultánea; una premisa que exige, por estricta derivación matemática, que el Sol, o cualquier cuerpo planetario aferrado a su coordenada específica en el Zodíaco Tropical o Eclíptica de la Fecha, posea la insólita capacidad de ocupar físicamente dos altitudes y dos acimuts distintos de forma simultánea, en el mismo instante, bajo la luz del mismo día y sobre la exacta misma latitud.

3. La paradoja de la extrusión espacial

La creencia de que las coordenadas de la eclíptica (grados zodiacales tropicales) se desplazan a lo largo del ecuador celeste o ascienden por el primer vertical. Por consiguiente, asumir que la segmentación equipartita de estos dos marcos de referencia exógenos es geométricamente equivalente a medir la trayectoria de la Eclíptica/Zodiaco tropical o de una de sus coordenadas (v. gr. 25° Géminis). Sostener semejante postulado exige suspender, por mero decreto, la realidad de la física, obligando al practicante a asumir, entre otras imposibilidades manifiestas, que los planetas orbitan sobre el Primer Vertical o que yacen condenados a perpetuidad sobre el Ecuador Celeste.

4. El revisionismo histórico de la metrología

Se erige sobre la arbitraria presunción de que los grandes maestros de la Antigüedad y del Medioevo decidieron, de manera deliberada y consciente, no calcular las cúspides subsiguientes con el mismo rigor espaciotemporal que empleaban para discernir los ángulos (i.e., las coordenadas ascendiente y culminante de la eclíptica), escudándose en una pretendida «cosmovisión» o «filosofía» específica. Sostener semejante afirmación exige profesar el despropósito histórico según el cual los antiguos poseían, guardados en el más absoluto secreto, conocimientos avanzados de trigonometría esférica y cálculo iterativo (método de Newton-Raphson), pero optaron por ignorarlos, en lugar de conceder la irrefutable y cruda realidad histórica: se hallaban maniatados por las insalvables limitaciones computacionales de sus respectivas épocas.

5. La amnistía «cosmovisionista» para las inexactitudes matemáticas/geométricas

El alegato de que los cálculos históricos (v. gr. Porfirio, Alcabicio, Campano y Regiomontano) germinaron a partir de «cosmovisiones filosóficas» divergentes, pero igualmente válidas, con relación al movimiento diurno. Para sostener esto, es preciso comulgar con la idea de que diferentes métodos contradictorios de transformación de coordenadas constituían movimientos ideológicos delibrados, no intentos matemáticos secuenciales, linealmente defectuosos, de aproximarse al postulado espaciotemporal de Ptolomeo.

6. La hipocresía del significado geométrico

Se manifiesta a través de la contradictoria defensa según la cual “la geometría no produce significado” para evadir el escrutinio pericial. En un acto de contorsionismo lógico insostenible, sin embargo, se defienden mediciones patentemente erróneas alegando, simultáneamente, que la arquitectura geométrica específica de dicho cálculo (v. gr., la segmentación equipartita del ecuador celeste o de la tangente de Polich) le confiere al modelo una resonancia biográfica o una cualidad simbólica única y trascendente.

7. La inversión epistemológica (el delirio de la rectificación)

Se consuma en el temerario acto de elevar la inferencia celeste (i.e., la astrología o la interpretación de la astronomía de posición) al estatus de ciencia exacta, mientras, en un asombroso malabarismo lógico, se reduce la astronomía de posición y la topometría esférica a la categoría de conjeturas subjetivas. Esto culmina en el delirio de postular que resulta legítimo emplear la perfilación biográfica para dictaminar la posición del Sol y otros cuerpos celestes, validar un método específico de partición y corregir retroactivamente una hora de nacimiento; en lugar de reconocer, como lo hiciera la Antigüedad, que la mecánica celeste debe acotar la interpretación a perpetuidad, pues un objeto celeste (v. gr., el Sol, Saturno o la coordenada 15° de Sagitario) no puede ocupar dos coordenadas topocéntricas simultáneamente.

Proceder de este modo resulta matemáticamente análogo a presenciar cómo un psicólogo forense intenta remodelar físicamente el lóbulo frontal de un paciente por el simple hecho de que el comportamiento de este no se alinea a la perfección con un perfil o diagnóstico. La estructura física del cerebro, al igual que una coordenada celeste, constituye una métrica innegociable cuya existencia es totalmente independiente del diagnóstico.

Conclusión

La metáfora del termómetro y la tradición antigua

En síntesis, para defender semejante paradigma es preciso profesar que la astrología puede prescindir de la astronomía y la geometría, de igual modo que un psicólogo forense pretendería prescindir de la neurología, o un médico de la anatomía. Asimismo, exige la máxima arrogancia de creer que el practicante ostenta la facultad de reformar o alterar retroactivamente las posiciones físicas de los lóbulos cerebrales u órganos internos de un paciente por el mero afán de validar su propio diagnóstico clínico.

Esta exigencia de validación sociológica deja al descubierto una devastadora inversión científica en el seno de la disciplina. El gremio ha logrado convencerse de que puede tratar la astrología (el arte de interpretar la astronomía de posición) como la verdad absoluta o una ciencia exacta, mientras reduce la astronomía de posición y la topometría esférica (ciencia física exacta y falsable) a conjeturas probabilísticas dependientes de validación sociológica.

Exigir validación estadística para una cúspide, ya sea la de la primera, la décima o cualquier otra casa, es lógicamente equivalente a adquirir un termómetro para, en vez de calibrarlo con relación al punto de congelación, “validarlo” a través de encuestas estadísticas para determinar si los transeúntes sienten frío o calor cuando el instrumento marca los 10 grados centígrados. La sensación, aunque varíe de individuo en individuo, no altera la temperatura, del mismo modo en que diferentes cuadros sintomáticos no alteran la estructura anatómica, pues lo primero no depende de lo segundo. Los hechos humanos no constituyen puntos matemáticos unívocos sino procesos complejos donde confluyen variables medioambientales, no solamente astrológicas. Por consiguiente, un instrumento de medición de coordenadas celestes debe calibrarse contra el universo físico (el horizonte local y el movimiento diurno), no contra el consenso humano o el ajuste de curvas estadísticas.

Pretender cercenar la astrología de su sustrato astronómico resulta, en última instancia, un acto de autodestrucción, y el abandono absoluto de la tradición que sus defensores dicen custodiar. Resulta inadmisible adjudicarse la autoridad de rastrear los cuerpos celestes mientras, simultáneamente, se ignora la física que rige el desplazamiento de dichos cuerpos a través de la esfera local. El mapa ha de poseer un carácter geométricamente absoluto para que la varianza estadística del evento pueda, entonces, ser estudiada con rigor.

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Literatura relevante:

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David E. Bustamante
David E. Bustamante

(sometimes known as Sagittarius), is a Hispanic-American legal translator, illustrator, pedagogue, and independent researcher of topocentric astronomy, primarily recognised for the emphasis upon the principles of procedure of celestial inference and the epistemological rigour concerning house theory (coordinate systems of celestial partition).
To others, he may be known for having conducted the Spanish translation of Chris Brennan's Hellenistic Astrology: The Study of Fate and Fortune (2017, Amor Fati) and served our country as an interpreter to the United States Embassy in Latin America. He has been a special translator to military and non-military offices both in the U.S. and abroad.
Academically, he holds a Bachelor of Arts degree in Psychology (2009), a Master of Arts in Journalism (2018), and is a Cambridge-certified English teacher and proud member of the American Translators Association (ATA). He also underwent legal English training under the Institute for U.S. Law at GW Law (George Washington University).
He has contributed to The Mountain Astrologer (US/London) and SPICA (Spain).

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